La forma clásica de trastorno bipolar se caracteriza por fases de depresión y manía. En función de la intensidad de los síntomas existen dos tipos de trastorno bipolar:

Tipo I: es la forma clásica, caracterizada por fases maníacas intensas y por depresiones. En las fases maníacas pueden aparecer delirios (por ejemplo, creerse Dios o con poderes especiales) y alucinaciones auditivas (voces que dan órdenes o insultan). En las fases depresivas existe tristeza, apatía, lentitud de movimientos, ansiedad, insomnio y pérdida del apetito.

Tipo II: se caracteriza por depresiones intensas y fases de euforia moderadas que se denominan hipomanía. Pueden aparecer síntomas psicóticos pero tienen que estar asociados a las fases depresivas. Las fases de euforia moderadas a veces parecen un cambio temperamental o de carácter. Es bastante frecuente que los familiares detecten más sociabilidad en el paciente, menos timidez, mayor actividad… Es posible que el paciente no se dé cuenta.

CAUSAS

Factores genéticos podrían ser la causa principal de la enfermedad. Se llega a esta conclusión después de diferentes estudios que ponen de relieve la existencia de varios miembros diagnosticados con esta enfermedad en una misma familia. Por otro lado, estudios genéticos en diferentes cromosomas avalan esta posibilidad.

Las alteraciones genéticas probablemente implican una disfunción en el sistema límbico, que son un conjunto de estructuras del sistema nervioso central cuya función es la regulación del estado de ánimo.

Es decir, actuaría como un termostato para el humor y evitaría que sin causa justificada se pasase a estar depresivos y a la vez excesivamente eufóricos.

En aquellas personas genéticamente predispuestas a sufrir la enfermedad, algunos aspectos del entorno, como el consumo de drogas, entre ellas el alcohol, o algunas situaciones muy estresantes emocionalmente, pueden desencadenar el inicio de los síntomas.

DIAGNÓSTICO

En el momento actual no existe ninguna exploración o prueba que nos lleve al diagnóstico de la enfermedad.

El diagnóstico siempre se lleva a cabo mediante la historia clínica y los datos que puedan aportar los familiares. En este sentido, se diagnostica el trastorno bipolar siempre que un paciente ha presentado al menos una fase depresiva y otra fase hipomaníaca o maníaca.

En caso de que los primeros síntomas correspondan a una fase maníaca o hipomaníaca, se debe diagnosticar directamente el trastorno bipolar.

La ausencia de técnicas diagnósticas objetivas hace que la comunidad médica internacional haya consensuado unos criterios clínicos para establecer el diagnóstico de depresión y mania. Estos criterios diagnósticos están recogidos en un manual denominado DSM-IV.

El diagnóstico de trastorno bipolar se establece cuando el paciente ha sufrido un episodio maníaco único o un episodio hipomaníaco o un episodio mixto (con síntomas depresivos o maníacos).

Para establecer el diagnóstico de trastorno bipolar, los síntomas no deben corresponder a otras enfermedades psiquiátricas como el trastorno esquizoafectivo o cualquier otro tipo de trastorno psicótico y tampoco pueden coincidir con el consumo de drogas.

EVOLUCIÓN

Con el tratamiento adecuado la evolución es generalmente buena. Sin tratamiento son frecuentes las recaídas y conllevan importantes repercusiones familiares, sociales y laborales.

La enfermedad puede comenzar de forma imperceptible en la adolescencia y aparecer de forma abrupta en la edad adulta con una fase depresiva o maníaca.

El primer episodio suele venir precedido de un factor estresante ambiental, pero los siguientes pueden aparecer de forma independiente de los factores externos.

Hay pacientes con tendencia a recaer en las mismas fechas y el patrón estacional más frecuente es el de episodios depresivos en primavera, maníacos en verano y nuevamente depresivos en otoño.

Predicen una mala evolución los siguientes factores: el mal cumplimiento del tratamiento, el consumo de alcohol y drogas, las recaídas múltiples y la falta de apoyo psicosocial.

La tasa de suicidio en los pacientes bipolares no tratados oscila alrededor del 10-15% y la forma de disminuir este riesgo y de asegurar una mejor evolución es cumplir las cinco reglas básicas:

Cumplir el tratamiento (farmacológico y psicoterapia eficaz), no consumir alcohol ni drogas, seguir horarios regulares de sueño y realizar actividades estructuradas, realizar un seguimiento por el psiquiatra de referencia y aprender a detectar los síntomas de recaída.

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¡Con cariño¡

Gloria B. Líderes en Salud Mental

 

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